Son tres las vertientes del derecho a oponerse al poder injusto y opresivo: la objeción de conciencia, la desobediencia civil y la resistencia civil al poder. En situaciones similares las tres vías se practican y se mezclan, y a ello contribuye que en ocasiones se emplean las mismas tácticas o formas de acción. La base común de las tres formas de disidencia es un principio moral: el deber de rechazar activamente a la injusticia, la mutilación o incluso supresión de la libertad junto con todos los derechos colectivos.
La objeción de conciencia es un acto individual por el que se defienden las convicciones propias evadiendo los actos de autoridad, sin pretender cambiar un sistema injusto. La desobediencia civil es una acción colectiva que persigue corregir una situación de injusticia, cambiar parcialmente una política o una ley injustas. La resistencia civil se propone cambiar todo un régimen autoritario por otro democrático, redistribuir el poder monopolizado por minorías y someter pacíficamente el poder político a la voluntad popular
La situación histórica concreta dicta el grado de oposición a la injusticia, que puede ir desde una acción individual a una movilización de masas, de un acto simbólico hasta el derribamiento de una dictadura. De acuerdo con los objetivos a alcanzar se ha de decidir sobre cuáles medios son los adecuados para lograrlo. Los medios para conseguir los fines representan un problema, porque tiene que corresponder la legitimidad de los fines con la nobleza de los medios que deben ajustarse a los principios morales que guían el rechazo a la injusticia.
La objeción de conciencia
La objeción de conciencia es una concepción que atraviesa la historia. Desde la antigüedad Sócrates (Siglos. V-IV a. n. e.) ha sido un símbolo del objetor de conciencia que enfrentó un poder que lo juzga y condena a muerte por no renunciar a sus convicciones basadas en una moral pública. La justicia es un valor que pertenece a la naturaleza humana, a la conciencia individual que marca la moralización del Estado y la política, y ese principio de justicia le permite reconocer la conducta egoísta e injusta. La libertad de conciencia consiste en proponerse uno mismo ser lo mejor posible, guiado por lo justo y lo bueno. La acción justa conforme a su conciencia lo obliga a no renunciar a ella para no caer en el deshonor, y no pidió clemencia ni absolución porque tal cosa significaría aceptar una culpabilidad no cometida. Esta moral significa que la conducta del individuo la dicta la conciencia de la actuación justa, que libremente debe observarse pese se oponga al Estado y al interés de las clases poderosas, vale decir, la moral individual ha de mantenerse aún en contra de la opinión de la colectividad.
Sócrates hizo valer su responsabilidad personal de ser objetor de conciencia asumiendo el riesgo de ser castigado con la pérdida de derechos cívicos, el destierro o la muerte. Si el Estado le aplica esos castigos por seguir los dictados de su conciencia, éste incurre en el mayor daño público porque comete un acto inmoral e injusto. Pero Sócrates no desafió a las leyes mismas sino el desvío de la justicia por la inmoralidad de los jueces.
En cambio H. David Thoreau (uno de los fundadores más reconocidos de la desobediencia civil, a mediados del siglo XIX) protestó contra la injusticia de las mismas leyes, basándose en la conciencia individual y en la obligación moral. Practicó la desobediencia civil al cumplimiento de una ley injusta por razones de conciencia moral. Su idea es más cercana a la objeción de conciencia porque, decía, la conciencia de la justicia depende del individuo mismo, no de las reglas dictadas por el gobierno. Se es primero hombre antes que ciudadano, así, el hombre virtuoso cultiva primero la justicia antes que el respeto por la ley. La obligación moral es hacer lo que es justo, este principio es anterior al deber de obediencia a la ley.
Thoreau sostiene que es esta conciencia del individuo en ligada con el interés comunitario lo que constituye el interés general. Por eso está en contradicción con la conducta negativa del individualismo que sólo le importa el beneficio propio y carece de una conciencia social; los individualistas se convierten en servidores del Estado porque abandonan su responsabilidad personal para dejarla en manos del Estado, de modo que su obligación respecto de la ley se reduce a su conveniencia.
Tanto Sócrates como Thoreau coinciden en que la desobediencia tiene una motivación individual, es apolítica porque el acto de desobediencia es independiente del compromiso social del individuo.
Otro gran luchador social italiano José Mazzini (mediados del siglo XIX), también afirmaba que los derechos que contiene la libertad son irrenunciables, pero no basta conocerlos, primero se tiene el deber de ejercerlos con constancia y aún con sacrificio. Mazzini también se oponía al individualismo, creía en un principio superior que guíe a los hombres hacia lo mejor, que los vincule a sus hermanos, y ese principio es del deber de vivir para los demás, tener como fin el hacerse mejores y combatir la injusticia en beneficio de sus hermanos.
El método propuesto por Manzini era el de la educación de las personas en la doctrina humanista para que hubiera una transformación cultural de las personas. Para producir los cambios sociales el medio es la consulta al pueblo. El gobierno representativo se sostiene en la participación activa de los ciudadanos, pero bajo la condición de la educación civil de los ciudadanos, sin la cual no existiría la democracia; en suma, el esfuerzo educativo de cada uno al servicio de todos.
Llamaba a combatir la obediencia pasiva, esa indiferencia general, consecuencia inevitable de la predicación continuada durante tantos años por parte de los que no sufren y han acostumbrado al pueblo a considerar los males que provocan como una necesidad del orden social o a dejar a las generaciones futuras la preocupación por su remedio. Por el contrario, se debía convencerlos de actuar, de asociarse, de hermanarse para conquistar la organización social que pondrá fin a los males y terrores. Pero aconsejaba a los trabajadores luchar sin violencia para cambiar sus condiciones materiales y así pudieran desarrollarse moralmente.
En resumen, la clave del orden social sin opresión radica en la conciencia moral personal y colectiva, y el deber de cada quien de defender esa moral en que se funda la comunidad política. Cuando este principio se ve amenazado, el individuo tiene el derecho de rechazar la injusticia.
La justificación jurídica de la objeción de conciencia
La objeción de conciencia y la desobediencia civil se fundan en principios y derechos morales y derechos jurídicos. Ambas constituyen formas de rechazo a las normas y decisiones políticas injustas. Pero no tienen el mismo rango a ambos derechos, porque los principios morales pertenecen al ámbito de la conciencia individual, en tanto que los derechos jurídicos existen para todos y se hacen valer en la vida de la sociedad.
En nuestro tiempo la objeción de conciencia ha sido dotada de una justificación jurídica, es decir, basada en derechos morales que la persona tiene frente o contra el Estado. La libertad es uno de esos derechos fundamentales, más precisamente la libertad de conciencia que guía el comportamiento en torno a lo que es justo y bueno para la persona y para la sociedad. De ahí que formen una unidad la libertad, la justicia y el bien común.
Aparte de los deberes para con el Estado el ciudadano tiene deberes con su conciencia, pero si estos últimos se hallan en conflicto con su deber hacia el Estado, es el ciudadano quien tiene derecho a hacer lo que juzga correcto. Por ejemplo, el derecho original a la libertad de expresión supone que es una ofensa a la personalidad humana impedir a alguien que exprese lo que cree. La ofensa es mayor cuando se le impide que exprese aquellos principios de moralidad política ante lo que él considera violaciones flagrantes de dichos principios (R. Dworkin).
La objeción (o rechazo) de conciencia se justifica jurídicamente cuando se basa en el principio de justicia, como por ejemplo el de igualdad de las personas o el rechazo al uso de la fuerza que argumentan los pacifistas. Es justo el rechazo a hacer la guerra injusta porque persigue un fin económico (por ejemplo la invasión a Irak para apoderarse de su petróleo) o dar mayor poder a una potencia imperialista. También se justifica negarse al servicio militar, a fin de que se respete su deber natural de no ser agente de una injusticia, deber moral que pesa más que su deber de obediencia a una orden del gobierno. La persona tiene el derecho y el deber de desobedecer una orden de ejecutar actos contrarios a la ley moral (no matarás) y a negarse a participar en actos de guerra ilícitos (el saqueo a la población). (J. Rawls)
Diferencia entre la objeción de conciencia y la desobediencia civil
La desobediencia civil es un acto político, va dirigido a la mayoría y a quienes ejercen el poder político, es un acto guiado y justificado por principios políticos que regulan la constitución y en general las instituciones sociales. Por tanto, la desobediencia civil no apela a principios de moral personal o a doctrinas religiosas, aunque éstas coincidan con el reclamo de justicia. (Dworkin)
La desobediencia civil responde a una conciencia política colectiva, su fin es el interés público, mientras que la objeción de conciencia tiene una motivación individual. La desobediencia se practica colectivamente, es una acción organizada que se respalda en derechos establecidos que el Estado debe proteger.
La objeción se basa en razones de conciencia individual o los actos individuales motivados por imperativos morales y la apelación a una “ley más alta” de una religión. Es un argumento exclusivamente personal, de suerte que cualquier individuo, por cualquier razón, pueda desobedecer. Pero el acto individual no tendrá ningún efecto sobre la sociedad. En cambio en la desobediencia civil, el individuo funciona como miembro de un grupo. La desobediencia es practicada por una comunidad organizada, unida por una opinión común más que por un interés común y por la decisión de actuar contra una política del gobierno aunque goce del apoyo de una mayoría, y en general está dirigida a influir en los actores de la sociedad política. El desobediente civil actúa en público, en nombre y a favor de un grupo, no busca una excepción ni un beneficio para sí mismo. (Hannah Arendt.)